
Las últimas horas de Allende bajo la mirada de Washington: los informes secretos que anticiparon el golpe

En Washington era todavía de madrugada cuando la maquinaria de inteligencia estadounidense puso sobre el escritorio presidencial las últimas noticias procedentes de Chile. El documento llevaba la fecha del 11 de septiembre de 1973 y estaba destinado a Richard Nixon.
En Santiago, Salvador Allende comenzaba una jornada que terminaría entre las ruinas de La Moneda.
El informe era parte del President’s Daily Brief, el resumen de inteligencia ultrasecreto preparado para el Presidente de Estados Unidos. Sus páginas reunían información que llegaba desde embajadas, agregadurías militares, agentes y fuentes reclutadas dentro de los países observados.
Chile figuraba allí.
No era una sorpresa ni un asunto secundario. Durante días, Washington había recibido señales sobre una conspiración militar en marcha. Los servicios estadounidenses conocían las tensiones dentro de la Armada, seguían las conversaciones entre los uniformados y evaluaban la posibilidad de que el Ejército y la Fuerza Aérea se sumaran a una operación para derrocar a Allende.
Los documentos desclasificados muestran que, mientras buena parte de Chile despertaba sin conocer lo que ocurriría, la posibilidad de un golpe ya era observada desde la Casa Blanca como un desenlace inminente.
Una precisión necesaria
Las frases contenidas en los informes no fueron pronunciadas ni escritas por Nixon, como se ha señalado en algunas publicaciones. Correspondían a evaluaciones elaboradas por los servicios de inteligencia estadounidenses para mantener informado al mandatario.
Nixon era su destinatario.
La distinción no disminuye su importancia. Por el contrario, confirma que la crisis chilena llegaba directamente hasta el nivel más alto del poder estadounidense y que el Presidente recibía información reservada sobre los movimientos de las Fuerzas Armadas y las decisiones que Allende adoptaba en sus últimas horas.
Estados Unidos desclasificó en 2023 los apartados dedicados a Chile de los informes del 8 y el 11 de septiembre de 1973. La medida respondió a una solicitud del Gobierno chileno, formulada en el contexto de los 50 años del golpe.
Sábado 8: la Armada se mueve
El primero de los informes lleva la fecha del sábado 8 de septiembre.
Chile estaba paralizado por la crisis política, el desabastecimiento, las huelgas y una polarización que había convertido cada espacio de la vida cotidiana en un terreno de confrontación. En las calles se hablaba de golpe, pero nadie conocía con certeza el día ni la hora.
En los cuarteles, sin embargo, el calendario avanzaba más rápido.
La salida del general Carlos Prats de la Comandancia en Jefe del Ejército, ocurrida a fines de agosto, había eliminado uno de los principales obstáculos para una intervención militar. Prats defendía la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil. Su reemplazante era Augusto Pinochet, hasta entonces considerado por Allende un oficial constitucionalista.
Una evaluación de la inteligencia militar estadounidense del 25 de agosto concluyó que la renuncia de Prats había retirado “el principal factor” que frenaba un golpe. Seis días después, fuentes militares estadounidenses informaban que el Ejército se encontraba unido detrás de esa posibilidad y que comandantes de unidades estratégicas de Santiago habían comprometido su respaldo.
Los conspiradores ya habían conformado un equipo especial de coordinación, integrado por representantes de las distintas ramas de las Fuerzas Armadas y civiles de derecha. Durante reuniones secretas realizadas el 1 y 2 de septiembre presentaron un plan completo para derrocar al Gobierno.
La fecha inicial era el 10 de septiembre.
El informe entregado a Nixon el día 8 advertía que el foco de la conspiración estaba en la Armada. Los oficiales navales que planeaban derribar al Gobierno aseguraban contar con el respaldo del Ejército y la Fuerza Aérea, aunque los analistas estadounidenses todavía no encontraban pruebas concluyentes de una coordinación total entre las tres ramas.
La duda no estaba en la existencia de los golpistas. La duda era si actuarían unidos.
“Si los exaltados de la Marina actúan creyendo que recibirán automáticamente el apoyo de los demás servicios, podrían verse aislados”, señalaba la evaluación.
La preocupación dentro de la Armada estaba relacionada también con la inminente designación de un nuevo comandante en jefe. El almirante Raúl Montero, constitucionalista y contrario al golpe, se encontraba sometido a fuertes presiones internas. José Toribio Merino conspiraba para desplazarlo y asumir el control naval.
Washington observaba aquellos movimientos con suficiente detalle como para saber que la Armada podía iniciar la operación, pero todavía analizaba si el resto de las fuerzas la acompañaría.
El informe reservado del 8 de septiembre puede consultarse en los archivos de la CIA.
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Allende sabía que no podía ganar una guerra
El documento también recogía una sombría reflexión atribuida a Salvador Allende.
A comienzos de aquella semana, el mandatario había reconocido que las Fuerzas Armadas podían exigirle la renuncia si no modificaba sus políticas económicas y políticas. También había planteado la posibilidad de un enfrentamiento armado entre los militares y los partidarios del Gobierno.
Pero Allende no parecía engañarse respecto del resultado.
Según el informe, dijo que sus seguidores no contaban con armas suficientes para imponerse y que ya era inútil intentar distribuir más, porque los militares lo impedirían.
Su conclusión fue categórica: la única solución posible era política.
La evaluación estadounidense interpretaba que Allende intentaba convencer a sus interlocutores de que el país atravesaba una situación extremadamente grave y requería una conducción cautelosa.
Esa afirmación contradice una de las ideas utilizadas posteriormente para justificar el golpe: la existencia de un supuesto ejército paralelo de la Unidad Popular preparado para tomar el poder mediante las armas.
La información que recibía Nixon decía algo diferente. Allende conocía la debilidad militar de sus partidarios, sabía que no podían derrotar a las Fuerzas Armadas y todavía buscaba una salida institucional.
Del 10 al 11 de septiembre
La conspiración siguió avanzando durante el fin de semana.
El 8 de septiembre, tanto la CIA como la Agencia de Inteligencia de la Defensa advirtieron a Washington que el golpe era inminente. Una evaluación de máximo secreto sostuvo que las tres ramas de las Fuerzas Armadas habían acordado actuar contra el Gobierno y que organizaciones civiles de derecha respaldarían la operación.
La información inicial señalaba que la Armada comenzaría el levantamiento a las 8:30 horas del lunes 10 de septiembre. Pinochet habría comunicado que el Ejército no se opondría al movimiento naval.
Sin embargo, la fecha cambió.
El 9 de septiembre, un agente vinculado con la estación de la CIA en Santiago recibió una llamada de una fuente que abandonaba Chile. El mensaje fue breve: ocurriría el martes 11.
La información llegó a la sede central de la agencia el día 10. El reporte indicaba que las tres ramas de las Fuerzas Armadas y Carabineros participarían, que una proclama sería emitida por Radio Agricultura y que la policía uniformada tendría la responsabilidad de detener al Presidente.
La documentación reunida por el National Security Archive demuestra que Washington conoció el día exacto del levantamiento antes de que comenzara. Los informes describen una verdadera cuenta regresiva hacia el golpe.
La pregunta de un conspirador
Durante la noche del 10 de septiembre, mientras las unidades militares ocupaban silenciosamente sus posiciones, uno de los oficiales involucrados en el complot buscó una respuesta estadounidense.
El uniformado contactó a un funcionario de Estados Unidos y preguntó si Washington acudiría en ayuda de los militares chilenos en caso de que la operación se complicara.
La identidad del oficial no fue revelada. Tampoco está establecido públicamente si su interlocutor pertenecía a la CIA, al Departamento de Defensa o a la embajada.
La consulta fue transmitida a Washington mientras el golpe ya se encontraba en marcha.
Días antes, funcionarios del Departamento de Estado habían acordado que Estados Unidos se mantendría apartado si la sublevación parecía exitosa y favorable para sus intereses. Pero también evaluaron disponer de alguna capacidad para influir si una operación considerada conveniente corría peligro de fracasar.
La intervención no fue necesaria. El jefe del grupo militar estadounidense en Valparaíso describiría posteriormente el golpe chileno como una operación “casi perfecta”.
Martes 11: la última apuesta de Allende
El segundo informe desclasificado estaba fechado el mismo 11 de septiembre.
A esa altura, la evaluación ya recogía un respaldo militar más amplio a la conspiración. La posibilidad de que los marinos quedaran aislados había desaparecido: Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Carabineros actuaban coordinadamente.
Pero el documento todavía registraba una esperanza de Allende.
“El presidente Allende, por su parte, todavía espera que la contemporización evite un enfrentamiento”, señalaba el informe.
La palabra utilizada por los analistas estadounidenses —temporizing en el original— puede traducirse como contemporizar, ganar tiempo o intentar acomodar las posiciones para evitar el choque definitivo.
Mientras los militares cerraban el cerco, Allende aún confiaba en que una maniobra política pudiera impedir el enfrentamiento.
La realidad avanzaba en sentido contrario.
Antes del amanecer, la Armada tomó el control de Valparaíso. Sus unidades ocuparon el puerto, interrumpieron comunicaciones y comenzaron a detener a autoridades y dirigentes vinculados con la Unidad Popular.
Las noticias llegaron hasta la residencia presidencial de Tomás Moro. Allende se trasladó a La Moneda acompañado por su escolta. Llevaba consigo el fusil que le había regalado Fidel Castro.
Durante las primeras horas intentó comunicarse con los comandantes en jefe. No obtuvo respuestas claras. Pinochet ya se encontraba comprometido con la conspiración. Merino había desplazado al almirante Montero. Gustavo Leigh dirigía la Fuerza Aérea sublevada y el general César Mendoza se había incorporado en representación de Carabineros.
A las 9:10 horas, Allende pronunció su último discurso a través de Radio Magallanes. Afirmó que no renunciaría y se despidió de los trabajadores, mientras las fuerzas golpistas se aproximaban al palacio. La cronología histórica del propio Departamento de Estado registra aquella transmisión final.
Poco después, los aviones Hawker Hunter bombardearon La Moneda.
La salida política que Allende todavía esperaba cuando fue redactado el informe había desaparecido entre el estruendo, el humo y el fuego.
El informe presidencial del 11 de septiembre está disponible en el archivo desclasificado de la CIA.
Nixon no era un espectador neutral
Los documentos permiten establecer que Nixon seguía la crisis chilena, pero no prueban por sí solos que Estados Unidos dirigiera operativamente el golpe del 11 de septiembre de 1973.
La documentación histórica, sin embargo, demuestra que Washington no fue un observador neutral de la caída de Allende.
Desde 1970, Nixon había considerado inaceptable que el dirigente socialista asumiera la Presidencia. Un memorando sobre el origen del proyecto FUBELT registra que ordenó a la CIA impedir su llegada al poder o provocar su derrocamiento, autorizando hasta US$10 millones para esa misión. La instrucción quedó consignada en documentos oficiales estadounidenses.
Después de que Allende asumiera, la estrategia se orientó a impedir la consolidación de su Gobierno. Estados Unidos financió partidos opositores, medios de comunicación y organizaciones privadas. Un informe elaborado por el director de la CIA, William Colby, cinco días después del golpe reconoció que la política había sido mantener una “máxima presión encubierta” sobre el Gobierno chileno.
Entre enero de 1971 y 1973, el Comité 40 autorizó más de US$6,4 millones para apoyar a partidos, medios y organizaciones contrarias a la Unidad Popular. Además, el 20 de agosto de 1973 aprobó otro US$1 millón para continuar financiando a sectores opositores. Parte de los recursos permitió sostener a El Mercurio, considerado por la propia CIA un punto de articulación de la oposición. El detalle aparece en un memorando secreto desclasificado.
La versión oficial estadounidense sostiene que la CIA no participó directamente en la ejecución del golpe de 1973. La propia reconstrucción del Departamento de Estado reconoce las operaciones encubiertas, las campañas propagandísticas y el apoyo económico a la oposición, aunque señala que existe escasa evidencia de asistencia operativa directa a Pinochet en la jornada del 11.
La diferencia es fundamental: una cosa es haber ordenado el ataque a La Moneda y otra haber contribuido durante años a crear las condiciones políticas, económicas y comunicacionales para que el Gobierno de Allende no lograra sobrevivir.
Dos documentos y una tragedia anunciada
La publicación de los informes fue presentada por Estados Unidos como una contribución a una comprensión más profunda de la historia compartida con Chile y como una expresión de su compromiso con la democracia y los derechos humanos.
Sin embargo, las páginas siguen mostrando zonas tachadas. La desclasificación fue parcial y estuvo sujeta a consideraciones de seguridad nacional, protección de fuentes, métodos de inteligencia y evaluación de eventuales riesgos.
Aun así, lo que puede leerse resulta revelador.
El 8 de septiembre, Washington sabía que oficiales de la Armada conspiraban y que aseguraban contar con el respaldo del Ejército y la Fuerza Aérea. También sabía que Allende consideraba inviable una resistencia armada y buscaba una solución política.
El 10, recibió información de que el golpe comenzaría al día siguiente y que participarían las tres ramas de las Fuerzas Armadas y Carabineros.
El 11, mientras el informe llegaba hasta Nixon, las tropas ya se desplegaban por Chile. La Armada controlaba Valparaíso, los militares ocupaban las radios y Allende ingresaba por última vez a La Moneda.
Desde Washington, el golpe podía leerse como una sucesión de datos, nombres, movimientos y probabilidades.
En Santiago tenía otro sonido: el de las tanquetas avanzando por las calles, las radios silenciadas, los aviones cruzando el cielo y la voz de un Presidente que todavía hablaba al país mientras su mundo se derrumbaba.
Esta noticia aparece primero en: El Periodista




