
El viaje del “correo humano”: seis botellas de metanfetamina, US$2.000 prometidos y una misteriosa red mexicana en Chile
Francisco Arredondo Osuna aterrizó en Santiago con una maleta, seis botellas y apenas 70 pesos mexicanos en el bolsillo.
No tenía tarjetas de crédito. No sabía explicar con precisión dónde se alojaría. Tampoco quién lo recibiría en Chile. Su pasaje había sido comprado por otra persona apenas unos días antes y pagado en efectivo.
Había partido desde México, pasado por Panamá y cruzado miles de kilómetros para llegar a un país donde, según declaró posteriormente ante la justicia, no conocía a nadie.
Todo aquello encendió las alarmas de los policías que fiscalizaban a los pasajeros de un vuelo considerado de riesgo.
Era la madrugada del 16 de octubre de 2024.
Casi dos años después, el Primer Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Santiago reconstruyó aquel viaje y condenó a Arredondo Osuna a seis años de presidio efectivo por tráfico de drogas.
La sentencia, de 34 páginas, permite conocer una historia mucho más compleja que la simple detención de un pasajero transportando droga.
Es también el relato de un trabajador mexicano que asegura haber sido reclutado mediante un falso empleo, de hombres armados, viajes financiados por terceros, instrucciones transmitidas a distancia y un cargamento de metanfetamina líquida destinado a personas que aparentemente lo esperaban en Santiago.
El tribunal, sin embargo, no creyó la parte esencial de esa historia.

De Sinaloa a Santiago
Arredondo tenía 31 años cuando fue detenido. Había nacido en Sinaloa, México, tenía estudios equivalentes a enseñanza media completa y trabajaba en la construcción. Al momento del juicio se declaró soltero.
Ante los jueces decidió hablar.
Contó que provenía de un campo pesquero y que estaba buscando empleo con contratistas. Había conseguido trabajo con un hombre llamado Eduardo Plata y viajó hasta Sonora para participar en la construcción de canales de riego.
Trabajó durante tres meses.
Entonces llegaron las lluvias.
Según su relato, las jornadas disminuyeron hasta quedar reducidas a uno o tres días por semana y el dinero comenzó a faltar. Dijo que tenía tres hijos con una expareja y que su entonces novia estaba embarazada. Fue en ese contexto, aseguró, que pidió ayuda a sus compañeros.
Uno de ellos, originario de Guadalajara, le habló de un supuesto ingeniero llamado Carlos Castañeda Parra.
Ese nombre se convertiría en una de las piezas más intrigantes de su declaración.
Arredondo afirmó que se comunicó con Castañeda, quien le ofreció trabajo y le pidió viajar inmediatamente. Como no tenía dinero, el supuesto empleador le envió fondos mediante un código para retirar efectivo sin tarjeta.
Arredondo fue hasta un cajero de BBVA Bancomer en Ciudad Obregón, retiró el dinero y compró un pasaje a Guadalajara.
Allí, según su versión, comenzó la pesadilla.
El BMW gris
Al llegar a Guadalajara recibió instrucciones de esperar unos 15 minutos. Después apareció un BMW gris. Dentro viajaban Carlos Castañeda y otro hombre. Lo llevaron hasta una casa.
Fue allí, declaró Arredondo, donde comprendió que el trabajo ofrecido no tenía nada que ver con la construcción. Según su testimonio, Castañeda y su hermano sacaron un arma, le apuntaron y le comunicaron las nuevas condiciones.
Tenía que obedecer.
Le quitaron el pasaporte y lo amenazaron de muerte.
Después lo enviaron a un hotel.
La defensa construiría posteriormente alrededor de ese episodio su principal argumento: Arredondo no habría decidido convertirse voluntariamente en traficante, sino que habría actuado bajo coacción y ante amenazas contra él y su familia.
La sentencia muestra que la defensa describió precisamente su procedencia de Culiacán, Sinaloa, para contextualizar el temor que habría sentido frente a personas supuestamente vinculadas al narcotráfico. Sostuvo que las amenazas alcanzaban también a sus hijos, su madre y su hermana.
La bolsa verde y las botellas de “tequila”
Mientras permanecía en el hotel, siempre según la declaración del acusado, recibió dinero para comprar comida.
Más tarde llegó otra instrucción. Debía salir y encontrarse con un taxi Nissan Versa blanco. Desde el vehículo le entregaron una bolsa verde de supermercado. Dentro había botellas aparentemente de tequila.
Le ordenaron fotografiarlas, borrar posteriormente las imágenes y guardarlas en su equipaje.
Después apareció un pasaje a Cancún.
Arredondo subió al avión.
El viaje duró unas tres horas y media. Una vez en Cancún recibió nuevas instrucciones: desplazarse hacia el centro de la ciudad, caminar unos 400 metros y llegar hasta un hostal. Esperó allí entre tres y cuatro días. Después llegaron los siguientes boletos: Cancún-Panamá y Panamá-Santiago.
Las instrucciones eran simples: llevar las cosas exactamente como estaban.
US$2.000 si todo salía bien
Arredondo sabía, según reconoció durante el juicio, que estaba transportando algo ilícito. Aseguró que no sabía exactamente qué sustancia era. También admitió que había una recompensa. Si conseguía completar el viaje recibiría US$2.000.
Nunca los cobró, aseguró.
Cuando llegó a Chile solo tenía 70 pesos mexicanos. Tampoco portaba tarjetas de crédito. Afirmó que no conocía a nadie en el país ni tenía nombres de contactos locales. Entregó voluntariamente su teléfono y su contraseña a la policía.
El contraste era llamativo: un hombre había cruzado el continente para llegar como supuesto turista a Santiago prácticamente sin dinero. Para los investigadores aquello era una señal de alerta.
El vuelo CM497
Pasada la medianoche del 16 de octubre, funcionarios de la Brigada Antinarcóticos fiscalizaban vuelos internacionales en el aeropuerto Arturo Merino Benítez.
Entre los pasajeros del vuelo CM497, procedente de Panamá, estaba Francisco Arredondo Osuna.
El subcomisario Rodrigo Luvecce comenzó a hacerle preguntas.
¿Por qué venía a Chile?
¿Quién había comprado su pasaje?
¿Dónde se alojaría?
¿Quién lo esperaba?
Las respuestas no convencieron a los policías.
Arredondo explicó que otra persona había adquirido el boleto apenas el día anterior. No podía precisar adecuadamente su alojamiento ni quién lo recibiría.
Fue llevado a una revisión más exhaustiva.
Los funcionarios registraron sus vestimentas. Nada.
Después abrieron el equipaje. Allí estaban las seis botellas.
Dos eran de vidrio y llevaban etiquetas que simulaban tequila. Otras cuatro eran recipientes plásticos.
Todas contenían un líquido transparente.
La presentación desconcertó inicialmente a los policías. La metanfetamina no era una sustancia que encontraran habitualmente de aquella forma.
Aplicaron una prueba.
Positivo.
No quedaron conformes y realizaron una segunda, esta vez con otro equipo.
Otra vez positivo.
Era metanfetamina.
El peso bruto: 6.400 gramos, es decir, 6,4 kilos. La ruta que acreditaron las tarjetas de embarque era Guadalajara-Cancún, Cancún-Panamá y Panamá-Santiago.
Arredondo quedó detenido.
¿Quién lo esperaba afuera?
Aquí aparece uno de los episodios más interesantes del caso.
Según declaró el subcomisario Luvecce, al momento de su detención Arredondo no colaboró mayormente y se acogió a su derecho a guardar silencio.
Pero habría entregado un dato.
Al salir del aeropuerto, personas de nacionalidad mexicana lo estarían esperando en Chile.
La PDI decidió intentar una entrega controlada.
La idea era dejar avanzar la operación para identificar a los receptores de la droga.
Se movilizó un equipo y comenzaron a revisar las cámaras exteriores del aeropuerto.
No funcionó.
La enorme cantidad de pasajeros y taxis hizo imposible individualizar a alguien.
Además, el teléfono de Arredondo había sido puesto en modo avión. Los investigadores consideraron que la ausencia de comunicación pudo advertir a quienes eventualmente lo aguardaban de que algo había salido mal.
La policía sospechaba que el cargamento podía estar relacionado con una organización criminal mexicana importante. El teléfono fue enviado a Cibercrimen.
El resultado fue frustrante.
No encontraron información de interés criminalístico.
Una posibilidad planteada durante el juicio fue que los datos hubieran sido borrados remotamente. Otra, mucho más simple: que el aparato nunca hubiese contenido información relevante.
La investigación tampoco logró determinar quién debía recibir los 6,4 kilos de metanfetamina. El cargamento quedó sin destinatario judicialmente identificado.
El teléfono vacío
El celular terminó convirtiéndose en una pieza importante de la discusión.
Arredondo autorizó a la policía a revisarlo. Entregó su clave y firmó una autorización que incluía el acceso a Facebook, TikTok y Gmail.
Durante el juicio afirmó incluso que allí habían quedado audios y mensajes de WhatsApp relacionados con quienes lo enviaron.
Pero la pericia no encontró esos antecedentes.
Para el tribunal, esa ausencia debilitó considerablemente su relato.
También resultó problemático que durante la investigación no hubiese denunciado las amenazas que después describió detalladamente frente a los jueces.
“Miedo insuperable”
La defensa pidió absolverlo.
Su tesis era que Arredondo había actuado bajo estado de necesidad o «miedo insuperable».
No discutió que transportara el cargamento ni que supiera que llevaba algo ilícito. Lo que discutió fue su libertad para decidir.
Según el abogado Rodrigo Fuenzalida, su representado era una persona vulnerable utilizada por una organización criminal. Incluso planteó que pudo haber servido como una suerte de “carne de cañón”: un correo visible destinado a distraer la atención mientras otros cargamentos ingresaban por otra vía.
La Fiscalía sostuvo lo contrario. Para el persecutor, la explicación apareció demasiado tarde y carecía de respaldo independiente.
El tribunal terminó compartiendo esa posición.
Los jueces consideraron que las eximentes se sostenían esencialmente sobre la declaración del propio acusado y que la defensa retiró la prueba que había ofrecido para respaldar su versión.
Había además una pregunta difícil de responder: si estaba permanentemente amenazado, ¿por qué no pidió ayuda?
Arredondo pasó por distintos hoteles, aeropuertos y controles policiales. Mantuvo contacto con su familia. Incluso relató haber sido revisado en Panamá.
Según su propia declaración, desde que quedó preso ni él ni sus familiares habían vuelto a recibir amenazas.
Para los jueces, no se acreditó un peligro actual o inminente ni que transportar la droga fuera la única alternativa disponible.
La sentencia calificó algunos de sus argumentos como “acomodaticios”.
De la metanfetamina al Santiago 1
El tribunal no tuvo dudas sobre lo ocurrido materialmente.
Consideró acreditado más allá de toda duda razonable que Arredondo transportó e internó a Chile los seis envases con metanfetamina líquida. Dos botellas de vidrio simulaban contener tequila y las otras cuatro eran plásticas.
El Instituto de Salud Pública confirmó posteriormente que las muestras correspondían a metanfetamina.
La sentencia también recoge un informe sobre su peligrosidad: una sustancia estimulante de alto potencial adictivo, producida clandestinamente y capaz de generar graves daños neurológicos.
El tribunal estableció que Arredondo actuó como autor directo del tráfico: transportó y mantuvo la droga bajo su control con el propósito de que posteriormente fuera entregada, algo que solo se frustró por la intervención policial.
Seis años
El 28 de agosto de 2026 llegó la sentencia.
Francisco Arredondo Osuna fue condenado a seis años de presidio mayor en su grado mínimo, de cumplimiento efectivo, como autor de tráfico de drogas.
También recibió una multa de 40 UTM y las inhabilitaciones legales correspondientes. El tribunal reconoció 681 días que ya llevaba privado de libertad: dos días de detención y 679 de prisión preventiva.
El celular Samsung, el dinero y otras especies fueron decomisados. La droga y sus contenedores deberán ser destruidos y su perfil genético incorporado al Registro de Condenados.
Por su condición de ciudadano mexicano, el tribunal ordenó además informar la condena al Servicio Nacional de Migraciones. Al momento del fallo permanece recluido en el CDP Santiago Uno.
La incógnita que quedó afuera del juicio
El juicio terminó con una certeza judicial y varias preguntas abiertas.
La certeza es que Francisco Arredondo Osuna ingresó a Chile transportando 6,4 kilos de metanfetamina y fue condenado por ello.
Las preguntas están al otro lado de la operación.
¿Quién financió toda la ruta? ¿Quién proporcionó las botellas? ¿Quién compró los pasajes? ¿Quién era realmente el hombre que Arredondo identificó ante los jueces como Carlos Castañeda Parra? ¿Existió el grupo que, según su relato, lo amenazó en Guadalajara? Y, especialmente, ¿quiénes eran los mexicanos que, de acuerdo con la declaración policial incorporada al juicio, supuestamente lo esperaban a la salida del aeropuerto de Santiago?
La sentencia no permite responderlas.
La PDI intentó llegar hasta ellos mediante una entrega controlada, pero la operación no prosperó. El teléfono tampoco entregó la pista que los investigadores esperaban.
Así, detrás de los seis años de cárcel impuestos al hombre que cargó las botellas quedó una zona todavía oscura: la eventual estructura que puso 6,4 kilos de metanfetamina en un avión rumbo a Chile y el destinatario que debía recibirlos al final del viaje.
Esta noticia aparece primero en: El Periodista




