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Después de la ONU: el último gran viaje político de Michelle Bachelet todavía no está escrito

Michelle Bachelet ha regresado varias veces cuando parecía haberse ido.

Dejó La Moneda en 2010 y partió a Nueva York para encabezar ONU Mujeres. Tres años después volvió a Chile, recorrió nuevamente el país y ganó la Presidencia por segunda vez. Dejó otra vez La Moneda en 2018, creó Horizonte Ciudadano y, pocos meses después, retornó a Naciones Unidas como Alta Comisionada para los Derechos Humanos.

Ahora acaba de cerrar otra puerta.

El sábado 19 de septiembre anunció que retiraba su candidatura a la Secretaría General de Naciones Unidas. Los números de la tercera votación informal del Consejo de Seguridad habían terminado por hacer inviable una carrera que ya venía debilitada. A los 74 años —cumplirá 75 el próximo 29 de septiembre—, la expresidenta dijo que continuaría su trabajo internacional “con la misma determinación”.

No parece la frase de alguien que prepara su jubilación.

Y esa es precisamente la pregunta que queda flotando después de la ONU: ¿qué hace Michelle Bachelet con los próximos años de su vida política?

No hay una respuesta conocida. Pero su edad, trayectoria, experiencia internacional, situación política y, sobre todo, su propia biografía permiten dibujar algunos caminos.

Uno de ellos conduce nuevamente a La Moneda.

Otro, hacia una especie de retiro activo desde Horizonte Ciudadano.

Un tercero mantiene el pasaporte a mano.

Y existe incluso una cuarta posibilidad, menos evidente: convertirse definitivamente en una figura tutelar de la centroizquierda chilena, sin necesidad de volver a presentarse a ninguna elección.

La derrota que no necesariamente es una derrota

La candidatura a Naciones Unidas terminó mal en términos estrictamente electorales.

Bachelet llegó a la tercera consulta informal del Consejo de Seguridad con sus posibilidades considerablemente disminuidas. Brasil y México mantuvieron su respaldo, pero el gobierno del presidente José Antonio Kast había retirado oficialmente en marzo el patrocinio de Chile, argumentando que la dispersión de candidaturas latinoamericanas y las diferencias con actores relevantes del proceso hacían inviable su elección.

Bachelet siguió adelante.

Incluso llegó a admitir públicamente, el 3 de septiembre, algo extraordinariamente poco habitual para cualquier candidato: “Sé que no voy a ser secretaria general”.

Y continuó compitiendo.

La explicación puede encontrarse en otra frase pronunciada ese mismo día. Dijo que, obtuviera o no el cargo, seguiría hasta el final de su vida defendiendo aquello en lo que cree.

Ahí probablemente existe una clave para entender lo que viene.

Bachelet no necesita un cargo para tener una plataforma. Pero tampoco ha mostrado hasta ahora demasiada vocación por el retiro.

Ver renuncia a la candidatura ONU

La edad importa, pero no decide

Hay una variable imposible de ignorar.

Bachelet tiene 74 años. Si quisiera competir nuevamente por la Presidencia de Chile en 2029, tendría 78 años durante la campaña y asumiría eventualmente un tercer mandato con esa edad en marzo de 2030.

Legalmente no existe impedimento. La Constitución establece que el Presidente dura cuatro años y no puede ser reelegido para el período inmediatamente siguiente. Bachelet lleva más de una década fuera de La Moneda, por lo que puede volver a postular.

La edad, por tanto, sería una cuestión política y personal, no jurídica.

En materia de salud conviene separar antecedentes de especulación. Durante la campaña internacional se ausentó de una actividad en Montevideo por un cuadro viral agudo, que entonces fue informado como favorablemente evolucionado. No existen antecedentes públicos suficientes para sostener que padezca una condición que le impida mantener una actividad política intensa. Cualquier conclusión adicional sobre su salud sería especulativa.

Y basta observar su agenda reciente para constatar que sigue interviniendo en debates públicos, viajando y participando de actividades internacionales.

Pero una campaña presidencial es otra cosa.

Son meses recorriendo Chile, entrevistas diarias, debates, actos, viajes, reuniones interminables y después —si se gana— cuatro años ejerciendo uno de los trabajos más demandantes que existen.

Por eso la pregunta de 2029 no será simplemente “¿puede Bachelet?”, sino “¿quiere Bachelet volver a hacer todo esto?”

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La tentación de un tercer gobierno

Aquí aparece la hipótesis políticamente más fascinante.

Bachelet podría interpretar lo ocurrido con Naciones Unidas no como el final de su trayectoria, sino como el comienzo de un último capítulo chileno.

La elección presidencial será en 2029, al término del gobierno de José Antonio Kast, cuyo período constitucional se extiende hasta marzo de 2030.

Tres años en política son una eternidad.

Nadie puede saber hoy cuáles serán las condiciones económicas, sociales o políticas de Chile entonces. Tampoco es posible anticipar quiénes serán los candidatos ni el estado de la centroizquierda.

Por eso sería impropio afirmar que Bachelet será candidata o que tendría determinadas posibilidades electorales.

Pero sí existe un precedente biográfico difícil de ignorar.

Bachelet ya hizo una vez exactamente ese viaje.

En 2010 dejó Chile para asumir ONU Mujeres. Parecía comenzar una carrera internacional definitiva. En marzo de 2013 abandonó Naciones Unidas, regresó al país y anunció inmediatamente su candidatura presidencial. Meses después volvió a La Moneda.

La historia no necesariamente se repite. Pero las biografías políticas suelen contener ciertas constantes.

Y una constante en Bachelet es su disposición a regresar cuando considera que existe una tarea pendiente.

¿Una revancha contra quienes no la apoyaron?

Aquí hay que hacer una distinción importante.

Sería atractivo, desde una perspectiva narrativa, imaginar una candidatura presidencial en 2029 como revancha contra quienes retiraron el respaldo chileno a su postulación en Naciones Unidas.

Pero no existen antecedentes que permitan atribuirle hoy esa motivación.

Además, reducir un eventual regreso a una venganza personal probablemente simplificaría demasiado una trayectoria política mucho más compleja.

Bachelet ha construido buena parte de su personaje público precisamente sobre una idea diferente: soportar derrotas, heridas y conflictos sin convertirlos públicamente en vendettas personales.

Eso no significa que lo ocurrido con el gobierno de Kast vaya a desaparecer de su memoria política.

Chile retiró formalmente su patrocinio en marzo. Bachelet decidió continuar respaldada por Brasil y México. Y después de abandonar la carrera agradeció expresamente a esos países.

Es difícil imaginar que un episodio semejante no deje cicatrices.

Pero una candidatura presidencial necesitaría algo mucho más importante que una cuenta pendiente: una razón de país.

El Senado: demasiado pequeño y demasiado arriesgado

Existe otra alternativa teórica: que Bachelet busque una representación parlamentaria.

Un escaño en el Senado le permitiría permanecer directamente involucrada en la política chilena sin cargar con las exigencias de una Presidencia.

Pero probablemente sería el camino más extraño de todos.

Después de haber sido dos veces Presidenta de la República, ministra de Salud, ministra de Defensa, directora ejecutiva de ONU Mujeres, Alta Comisionada para los Derechos Humanos y candidata a secretaria general de Naciones Unidas, competir por un cupo senatorial supondría someter un enorme capital simbólico a una elección territorial.

No hay antecedentes actuales que indiquen que esté preparando esa alternativa.

Y existe además una cuestión de escala.

Bachelet se ha convertido en una figura cuya gravitación política supera largamente un distrito o una circunscripción. Una derrota parlamentaria tendría un costo considerable; una victoria tampoco necesariamente ampliaría su influencia.

El Senado podría darle un cargo, pero difícilmente le daría una dimensión política mayor de la que ya posee.

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El camino más natural sigue estando fuera de Chile

Existe entonces una alternativa considerablemente más plausible como continuidad inmediata: el mundo internacional.

Bachelet conoce Naciones Unidas desde dentro.

Fue la primera directora ejecutiva de ONU Mujeres entre 2010 y 2013 y Alta Comisionada para los Derechos Humanos entre 2018 y 2022. Actualmente también es vicepresidenta del Club de Madrid, organización que reúne a exjefes de Estado y de Gobierno democráticos.

Por eso no necesita necesariamente encabezar Naciones Unidas para continuar teniendo influencia internacional.

Puede participar en misiones de mediación, consejos internacionales, organismos vinculados a democracia y derechos humanos, iniciativas climáticas, igualdad de género, protección social o reformas del multilateralismo.

Incluso antes de que abandonara la competencia, analistas políticos consultados por medios chilenos planteaban que su experiencia podía convertirla en candidata para otras responsabilidades dentro o alrededor del sistema internacional.

Paradójicamente, perder la Secretaría General podría darle algo que ganarla le habría quitado: libertad.

Una secretaria general de Naciones Unidas debe representar a 193 Estados y administrar equilibrios entre Washington, Beijing, Moscú, Europa y el Sur Global.

Michelle Bachelet sin cargo puede hablar.

Puede viajar.

Puede intervenir.

Puede escoger sus causas.

Horizonte Ciudadano: la casa propia

Y después está su fundación.

Bachelet creó Horizonte Ciudadano en 2018. La organización trabaja en participación ciudadana, infancia, descentralización, cambio climático, migraciones, equidad urbana y democracia, entre otras materias.

Puede parecer una alternativa modesta frente a La Moneda o Naciones Unidas.

No necesariamente lo es.

Una fundación propia permite algo que ningún organismo internacional concede: construir legado.

Desde allí Bachelet podría formar nuevas generaciones políticas, producir propuestas públicas, conectar redes latinoamericanas y europeas y participar en la reorganización intelectual de una centroizquierda que tendrá que definir qué ofrece después del gobierno de Kast.

Gloria de la Fuente, presidenta del directorio de Horizonte Ciudadano, ya adelantó este mes que la proyección internacional de Bachelet no comienza ni termina con la elección de Naciones Unidas y señaló que podría desempeñar un papel en la articulación de la centroizquierda.

Ese papel no requiere candidatura alguna.

Puede incluso ser más poderoso sin ella.

El problema de ser Bachelet

Pero existe una dificultad adicional.

Michelle Bachelet no es una expresidenta cualquiera.

Su nombre continúa inevitablemente asociado a la discusión presidencial cada vez que la centroizquierda atraviesa dificultades de liderazgo.

Eso genera una paradoja.

Mientras permanezca disponible, puede ayudar a reunir al sector.

Pero su presencia también puede dificultar la aparición de una generación posterior.

La pregunta que tendrá que resolver la izquierda chilena durante los próximos años será si necesita nuevamente a Bachelet como candidata o si necesita algo quizá más difícil: que Bachelet ayude a construir a alguien que no sea Bachelet.

Para ella también sería un cambio profundo.

Durante décadas estuvo en primera línea.

Ministra.

Presidenta.

Directora de ONU Mujeres.

Presidenta nuevamente.

Alta Comisionada.

Candidata a dirigir Naciones Unidas.

Pasar de protagonista a mentora supone aceptar que el poder también consiste en entregarle el escenario a otro.

La familia y el tiempo

Hay finalmente una dimensión menos política y probablemente más decisiva.

El tiempo.

Bachelet está a pocos días de cumplir 75 años.

Tiene hijos, nietos, amigos, una vida privada que durante décadas debió acomodarse alrededor de responsabilidades públicas extraordinariamente exigentes.

Sería excesivo afirmar que ha puesto siempre “la cosa pública por encima de su familia”, porque eso pertenece a una esfera íntima que sólo ella y sus cercanos pueden evaluar.

Pero sí existe un hecho biográfico evidente: una parte extraordinariamente grande de su vida adulta ha transcurrido al servicio de responsabilidades públicas nacionales e internacionales.

Y el tiempo comienza inevitablemente a tener otro valor.

Puede querer viajar sin una agenda diplomática.

Puede querer ser abuela.

Puede querer leer sin tener una carpeta esperando.

O puede descubrir que no sabe —o no quiere— vivir completamente lejos de lo público.

Quienes han ejercido el poder durante décadas rara vez se jubilan de sus convicciones.

¿Entonces qué viene?

Hoy sólo existe una certeza verificable: Bachelet ha dicho que continuará su trabajo internacional.

Todo lo demás son escenarios.

En el corto plazo, la combinación más coherente con su trayectoria parece ser una actividad internacional intensa acompañada por Horizonte Ciudadano y una participación periódica en la discusión política chilena.

Un cargo internacional de menor jerarquía que la Secretaría General es perfectamente compatible con su currículum, aunque actualmente no existe una postulación conocida que permita anticiparlo.

Una candidatura al Senado parece posible jurídicamente, pero no hay señales públicas de que esté trabajando en ella.

Y una tercera candidatura presidencial pertenece todavía al territorio de las preguntas.

Pero esa pregunta probablemente comenzará a perseguirla mucho antes de 2029.

Primero tímidamente.

Después en entrevistas.

Más tarde en reuniones políticas.

Y, si las circunstancias del país y de su sector lo permiten, terminará formulándose de manera inevitable:

Presidenta, ¿estaría disponible una vez más?

Bachelet tendrá entonces 77 o 78 años. Habrá sido dos veces Presidenta de Chile y habrá ocupado algunos de los cargos internacionales más importantes alcanzados por un político chileno. Ya no tendrá nada que demostrar en términos curriculares.

Tal vez esa sea precisamente la variable que vuelve impredecible su futuro.

Porque podría concluir que ya hizo suficiente.

O podría mirar nuevamente hacia La Moneda.

Su historia política contiene argumentos para ambas decisiones.

Cuando Michelle Bachelet regresó de Naciones Unidas en 2013, muchos creían conocer el siguiente capítulo. Esta vez nadie lo conoce.

Después de dos gobiernos, dos grandes experiencias en Naciones Unidas y una candidatura frustrada al máximo cargo multilateral, el último viaje político de Michelle Bachelet quizá no consista en alcanzar una posición más alta, sino en decidir qué hacer con algo bastante más escaso: el tiempo que le queda para ejercer influencia.

Y en su caso, como demuestra su propia biografía, despedirse nunca ha significado necesariamente irse.

Esta noticia aparece primero en: El Periodista

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