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Bachelet reconoce que su carrera por la ONU llegó prácticamente a su fin: “Sé que no voy a ser secretaria general”

“Sé que no voy a ser secretaria general”.

La frase de Michelle Bachelet, pronunciada este jueves durante el encuentro “Migración: desafíos para el mundo, América Latina y Chile”, organizado por la Universidad Diego Portales, parece poner un punto final político —aunque todavía no necesariamente formal— a una candidatura que hace apenas siete meses comenzó con una expectativa muy distinta.

La declaración constituye el reconocimiento más explícito de la expresidenta sobre el estado de su postulación para suceder a António Guterres al frente de Naciones Unidas.

Y no llega en el vacío. Es la culminación de una secuencia de señales adversas que se fueron acumulando desde febrero: primero las dudas de la derecha chilena; después el cambio de gobierno y el retiro del patrocinio de Chile; posteriormente las advertencias provenientes de Estados Unidos y, finalmente, dos votaciones informales del Consejo de Seguridad, la última de las cuales dejó a Bachelet prácticamente en el fondo de la competencia.

De candidata regional a candidata sin el respaldo de Chile

La carrera había comenzado oficialmente el 2 de febrero.

El entonces Presidente Gabriel Boric anunció la postulación de Bachelet con un elemento que parecía otorgarle una fortaleza regional significativa: Chile presentaba la candidatura junto a las dos mayores potencias latinoamericanas gobernadas por la izquierda, Brasil y México.

Boric sostuvo entonces que la candidatura tenía una buena recepción internacional. Bachelet llegaba además con credenciales difíciles de desconocer: dos veces Presidenta de Chile, primera directora ejecutiva de ONU Mujeres y alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos entre 2018 y 2022.

El contexto también parecía favorable. La carrera para suceder a Guterres se había instalado desde 2025 bajo dos ideas: que América Latina podía reclamar el turno regional y que, después de ocho décadas y nueve secretarios generales hombres, Naciones Unidas podía finalmente ser encabezada por una mujer.

Pero la candidatura nació atravesada por la política interna chilena.

Antes incluso de que José Antonio Kast asumiera la Presidencia, la UDI pidió que el futuro gobierno no respaldara a Bachelet. Arturo Squella fue todavía más categórico: calificó la postulación como una candidatura que “nace muerta” y anticipó precisamente uno de los problemas que terminaría convirtiéndose en decisivo, la posibilidad de un veto estadounidense.

En esos primeros días, desde Washington el mensaje todavía era más cauteloso. El embajador estadounidense en Chile, Brandon Judd, sostuvo en febrero que su país analizaría el historial, las fortalezas y debilidades de la expresidenta antes de adoptar una decisión.

La incertidumbre duró poco.

Kast retira el apoyo

El cambio fundamental ocurrió después del 11 de marzo.

Instalado el nuevo gobierno, la administración de Kast resolvió retirar el patrocinio chileno a la candidatura el 24 de marzo.

La paradoja era evidente: una expresidenta de Chile continuaría compitiendo por el principal cargo político de Naciones Unidas, pero ya no tendría detrás al Estado chileno.

Bachelet decidió seguir.

“Continuaré con mi candidatura”, fue en los hechos su respuesta política. Agradeció el respaldo que había recibido originalmente y mantuvo su apuesta sobre los otros dos pilares de la nominación: Brasil y México.

Luiz Inácio Lula da Silva ratificó inmediatamente el respaldo brasileño y destacó que Bachelet tenía, a su juicio, la trayectoria y las credenciales adecuadas para conducir Naciones Unidas. México hizo lo propio.

La situación produjo incluso movimientos inesperados en Chile. El exministro UDI Pablo Longueira cuestionó implícitamente la decisión y sostuvo que él habría apoyado a Bachelet por tratarse de una candidatura chilena, pese a las diferencias políticas.

Kast, sin embargo, no modificó su posición.

En abril explicó que había mantenido dos reuniones “largas y buenas” con la expresidenta, pero sostuvo que Naciones Unidas requería “una manera distinta de abordar los problemas”. También aseguró que su gobierno no respaldaría a otro candidato.

Bachelet quedaba así en una posición inédita: candidata chilena, pero sin Chile; sostenida fundamentalmente por Brasil y México.

El problema estadounidense

La pérdida del respaldo del gobierno de su propio país era políticamente relevante, pero no necesariamente mortal.

El verdadero obstáculo estaba en otro lugar: Washington.

Para ser secretario general de Naciones Unidas no basta con obtener una mayoría política internacional. El Consejo de Seguridad debe recomendar un candidato a la Asamblea General y cualquiera de sus cinco miembros permanentes —Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido— puede bloquearlo mediante el veto.

Las señales provenientes de Estados Unidos comenzaron a endurecerse.

En marzo, el congresista republicano Chuck Edwards planteó abiertamente que Washington debía vetar una eventual elección de Bachelet y la calificó como una candidata inadecuada.

Posteriormente, el embajador estadounidense ante Naciones Unidas, Michael Waltz, cuestionó aspectos de su desempeño como alta comisionada para los Derechos Humanos, incluyendo su actuación respecto de China y los uigures y sus posiciones sobre derechos reproductivos.

Desde entonces, la posibilidad de un veto estadounidense dejó de ser una hipótesis abstracta.

Y en una elección donde cada uno de los cinco permanentes posee capacidad de bloqueo, un solo veto puede resultar más importante que numerosos respaldos obtenidos en otras capitales.

Las urnas reservadas terminaron por cambiar el escenario

La candidatura llegó de todos modos a las votaciones informales del Consejo de Seguridad.

Los llamados straw polls no constituyen todavía la elección definitiva. Cada uno de los 15 integrantes del Consejo expresa si “alienta”, “desalienta” o no tiene opinión respecto de cada candidatura. Su propósito es precisamente detectar quién tiene posibilidades reales de alcanzar el consenso necesario antes de la decisión formal.

El primer sondeo, realizado el 30 de julio, ya fue una señal preocupante para Bachelet.

Obtuvo seis votos favorables, cinco negativos y cuatro sin opinión.

No era un resultado terminal, pero la dejaba lejos de la primera posición. La costarricense Rebeca Grynspan consiguió diez respaldos y Carolyn Rodrigues-Birkett, de Guyana, nueve. El argentino Rafael Grossi obtuvo siete.

Tres semanas después ocurrió lo que terminó de debilitar la candidatura.

En el segundo straw poll, del 21 de agosto, Bachelet cayó desde seis a solamente dos votos favorables. Al mismo tiempo recibió seis votos negativos y siete miembros del Consejo optaron por no expresar opinión.

Fue la mayor pérdida de respaldo entre una votación y otra: cuatro apoyos menos.

Rodrigues-Birkett quedó encabezando la medición con ocho respaldos, mientras Grynspan y Grossi obtuvieron siete cada uno. Bachelet quedó penúltima entre ocho candidaturas y solo superó a Ivonne A-Baki, quien había ingresado recientemente a la competencia.

La trayectoria de los números sintetiza mejor que cualquier declaración el deterioro:

Bachelet pasó de 6 apoyos a 2.

Y mientras los respaldos disminuyeron, los votos que desalentaban su candidatura aumentaron de cinco a seis.

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Una frase que parece cerrar el ciclo

Es en ese contexto que adquiere significado la declaración de este jueves.

Durante la actividad de la UDP, Bachelet analizaba el debilitamiento del multilateralismo y cuestionaba la política internacional del Presidente estadounidense Donald Trump cuando decidió introducir su propia situación en la conversación.

“Sé que no voy a ser secretaria general”, afirmó.

Después volvió sobre la misma idea, esta vez con humor: “No seré la secretaria general, puedo darla, pero es un alivio”.

La expresidenta no anunció formalmente el retiro de su candidatura. La postulación, por lo tanto, puede continuar administrativamente mientras Brasil y México mantengan su patrocinio.

Pero políticamente la diferencia es sustantiva.

Hasta ahora Bachelet había insistido en continuar pese a las dificultades. Lo hizo cuando Chile retiró su apoyo. Lo hizo cuando comenzaron las advertencias estadounidenses. Y lo hizo después de que la competencia se poblara de candidaturas latinoamericanas con posibilidades.

Ahora es ella misma quien dice públicamente que no llegará al cargo.

 

Esta noticia aparece primero en: El Periodista

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